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A principios del siglo pasado, un sociólogo alemán llamado Ulrich Beck escribía una teoría acerca de la sociedad del riesgo y las implicaciones que ella tenía. En estos momentos, yo la estoy mirando a la cara. Unos ojos azules y achinados enmarcados por cascadas de rojo fuego, que miran sin piedad desde el otro extremo de la muerte. No se como se llama, sólo estoy seguro de que ese cañón es capaz de abrir agujeros en el cuerpo de un elefante, y que con el silenciador nadie oirá llegar mi última hora.

 

Y lo peor es que no atiende a razones. Le he intentado explicar que en esta universidad no hay nada parecido a lo que ella busca, que sólo soy un profesor que pasa su vida entre polvorientos manuscritos de la Revolución Francesa y teorías sociológicas digitalizadas en chips de silicio portátiles. Pero la muerte no atiende a razones.

 

Le he intentado explicar que la han usado, como quien usa un arma, y que para Ellos no tiene valor alguno. Un condón usado y lanzado a la basura una vez ha cumplido su función. Le he tratado de mostrar que no poseo ningún secreto, ninguna verdad como la que ella cree oculta en mi. Ninguna Revelación, ningún Destino, ni siquiera un simple Plan. He buscado todas las maneras de que apreciase que la tierra que cubrirá su tumba será la que ella use para cubrir la mía. Ni su rapidez, ni la muerte que sostiene amorosa serán suficientes para evitarlo.

 

Es irónico que un experto en sociología del riesgo, y en prevención de riesgos como yo vaya a morir así, mirando a los parejos mares de hielo del riesgo personificado. Pero he de reconocer que no es exactamente inesperado, siempre había fantaseado con alguna loca aventura con un grupo de shadowrunners que me secuestrase y me llevase con ellos, introduciéndome en el mundo del hampa y del humo de los cigarros, de las mesas que esconden las pistolas y de los callejones que ocultan los secretos. Supongo que he visto demasiados simsen. La realidad siempre es más oscura y terrible, y no atiende a razones.

 

Fuera se oyen los agudos chillidos de las sirenas, como cantos de banshees enviadas desde el Más Allá a recogerme. Y yo se lo traté de explicar sin éxito. Estábamos en medio de mi último proyecto, unas jornadas sobre prevención de riesgos en la sociedad, patrocinadas por el caballero andante de Ares. Y ahora tenían un simulacro de demostración de las nuevas técnicas policiales que habían desarrollado. Justo ahora.

 

Creo que es curioso lo barata que se vende la vida en este Sexto Mundo nuestro, aunque quizás siempre ha sido así a lo largo de la historia. Guerras declaradas por los que tienen el poder, que luego luchaban otros por ellos. Y ella era la última de tales guerreras, una valkiria con mi nombre escrito al final de su lanza divina. Una mensajera del Otro Mundo que tendría que regresar allí si cumplía su cometido. Irónico, una muerte que debe morir.

 

Traté de explicarle de nuevo que yo no poseía la Piedra Filosofal que ella buscaba, el secreto para el cual la habían contratado. O bien sus contactos la habían traicionado, o sus contratantes, pero la habían mandado a la ratonera y ella había mordido el queso. Le expliqué que si guardaba el arma podíamos fingir que nada había pasado, que nadie tenía que perder el hilo de su Parca aquella noche, pero ya era demasiado tarde para eso, pues un guardia había visitado ya a Caronte. No podía atender a razones.

 

Al final, ambos éramos el final del camino del otro.

 

Ella tenía que encargarse de sonsacarme el secreto y luego “disponer de mi”, pues ya no había marcha atrás. La montaña rusa comenzaba su acelerado descenso, y ya nada podía detener tanta energía cinética hasta que llegase al final de su recorrido. Y los de Knight Errant que vendrían en breve a mi despacho porque tal era el simulacro. Vida simulada, que se tornaría real ante los ojos de los espectadores de las noticias de las ocho. Muerte retransmitida en directo para mayor placer de los aficionados a lo violento y escatológico. Una coreografía de danza acelerada sobre el fondo de un lienzo de hemoglobina rojo brillante, trazando nuevos e inesperados patrones en las paredes de mi despacho.

 

Y el acto final dio su comienzo cuando oímos los pasos de la mentira avanzar por el pasillo, ensayando el asalto a la universidad como planeado. Miré dentro de los pozos insondables de sus ojos y asentí. Ya no quedaba más, el The End había aparecido y en breve comenzarían los créditos de mi vida… aunque la banda sonora fuese floja. Como tantas cosas que habían sido a lo largo de mi tiempo en este mundo.

 

Juraría, que en aquel último instante, la vi a ella pedir perdón, consciente del pecado final por el cual ambos seríamos condenados, pero incapaz de evitar la siniestra sonrisa de Loki que la impulsaba a apretar el gatillo. Y el tiempo se detuvo, una bala suspendida en el aire entre ella y yo, ojiva nuclear para mi cabeza, final trágico de película depresiva de simsen de autor, drama griego encarnado de nuevo una y otra vez en nuestro mundo. Mi puerta al encuentro con San Pedro, la solución a toda anomia.

 

Me hubiera gustado decir un último adiós, pero no había quien lo escuchase, pues ¿qué sentido tiene decirle adiós a tu verdugo? Así que me despido así, de vosotros. Nos vemos al otro lado del Estigia, después de saludar a Cancerbero, en Maat.