Make your own free website on Tripod.com

Nací como Wallace Blade en Steamway, un pueblecito muy pequeño localizado en tierras que después serían parte de Tir Tairnguire pero que, de aquella, todavía eran parte de la NAN. La fecha fue el 5 de Mayo del 2029, año que pasará a la historia por el Crash de la Matriz que crearía, posteriormente, los ciberterminales.

 

El caso es que mi familia era acomodada y vivíamos una vida tranquila y sin problemas. Y llegó la noche fatídica, la Noche de la Ira. Un grupo de extraños entró en el pueblo (habitado en su inmensa mayoría por elfos) pertrechados de armas de fuego automáticas y abrieron fuego contra la gente. Entraron por todas las vías, y la gente se vio obligada a huir hacia la plaza central, mientras muchos eran alcanzados por las balas. Yo estaba entre ellos, y corrí y corrí hasta alcanzar la plaza, pues me había visto separado de mis padres.

 

Trepé a una farola, colocándome fuera de la ruta de las balas, intentando pasar desapercibido... y lo logré. Finalmente, localicé a mi familia en el otro extremo de la plaza en el momento en que los individuos alcanzaban la plaza por las distintas calles. Y abrieron fuego contra la multitud. Fue una masacre, la gente no tenía posibilidad de defenderse contra las ametralladoras equipadas con cintas de munición, y los asaltantes se reían.

 

Logré salvarme y, entre los cadáveres, huir hasta la pequeña estación de tren. Cogí el ordenador del taquillero (que habría muerto en cualquiera de las calles del pueblo) y me facturé un ticket en el siguiente tren. Nunca antes había usado un ciberterminal, aún una tortuga como aquel. En ese viaje conocía a Nigur, otro chaval elfo que me siguió cuando me escapé. Ambos fuimos inseparables desde entonces, aunque durante un breve periodo.

 

El siguiente año y pico lo pasamos en las calles, sobreviviendo como podíamos, rateando donde teníamos ocasión, y escapando de las bandas. Nigur desapareció un buen día, sin dejar señales de ningún tipo y, aunque lo busqué, me fue imposible encontrarlo. Finalmente, ocurrió que un día robé a otro elfo, y él me descubrió. No sólo no me entregó, sino que me tomó bajo su tutela. Se llamaba William Harth, y era guardaespaldas y shadowrunner, aunque yo de aquella no lo sabía. Él me enseñó todo lo que supe sobre manejo de armas, pues él era un reputado mercenario en la ciudad.

 

Un día me presentó a Dominant, que era el tecnomante de su grupo. Mientras hablaban entre ellos, cogí su ciberterminal sin permiso y comencé a usarla como podía. Enseguida me descubrieron, y pedí perdón, pero el tecnomante se había quedado impresionado. No había hecho nada de otro mundo, pero ser capaz de manejar un ciberterminal en modo frío, sin ninguna clase de entrenamiento no es cosa sencilla.

 

Así que, durante más de diez años, me estuvieron entrenando para shadowrunner, la única cosa a la que podía aspirar al carecer de SIN. En la Matriz tomé el nombre de Sepherim, que significa Daga en sperethiel.

 

Y pasaron los años, muchos, en una relativa felicidad. Los dos se ausentaban de vez en cuando para hacer runs, y yo mientras leía, o usaba mi terminal sin meterme en líos. Finalmente, llegó el día en que sabía que Dominant me tenía que decir que no tenía nada más que enseñarme, pues ya lo llevaba retrasando demasiado. Corrían los meses finales del 2055.

Esa noche, estaba preparandome la cena cuando llamaron, y no lo oí. Poco después vi un mensaje en el contestador: habían sido encontrados en un run y estaban en una sala sin posibilidad de salida; sólo esperaban su muerte, y William me había llamado para despedirse; me ordenó que cogiese su credistick y huyese a Seattle, donde podría trabajar de tecnomante con un amigo suyo que se llamaba Nailer. Y obedecí. Huí por los tejados y, mientras lo hacía, vi llegar coches con hombres de negro a la casa, incluso un helicóptero.

 

Llegué a Seattle sin tiempo para pensar, y me encontré con el fixer. Desde entonces estuve trabajando con él. Mi primer run fue una cosa muy sencilla: llegar a un garage y, con unos compañeros, liquidar a los que llegarían con un camión y apropiarnos de él. Punto. Y salió a la perfección. Matar resultó mucho más sencillo de lo que había esperado, y los otros dos demostraron ser profesionales.

 

Poco después me encargaron el trabajo de encontrar a una mujer desaparecida y, tras seguir una serie de pistas, dimos con ella en una fábrica abandonada en los Yermos. La habían reconstruido en una pirámide. Esa noche sucedió la masacre cuando, para recuperar el maletín de la señora, decidimos derribar el suelo de la sala, ocupado por un par de cientos de sectarios. Muchos resultaron heridos, y muchos muertos. Cuando nos marchamos, un segundo equipo entró y derrió la construcción hasta sus cimientos, matando a todo el mundo.

 

Ese fue el comienzo de mi fin y el de Fukay, uno de mis compañeros. A mi la muerte comenzó a perseguirme, soñaba con sus gritos, sus llantos, las llamas, ... me volví más hosco, retraído y callado de lo que había sido. A los ojos de mi compañero, por otro lado, comenzó a aparecer de vez en cuando una sed de sangre irracional, pero nadie se dio cuenta.

Fue algo después cuando nos dimos cuenta. Era un asalto a una instalación corporativa, y Fukay se había quedado dentro cuando se armó la gorda. Yo podía hablar con él a través de las pantallas de los pasillos, y lo veía por las cámaras, pero él no podía hablar conmigo a menos que escribiese, pues no sé leer los labios. Entonces le rajó el cuello a un civil para escribir con su sangre... casi lo abandono allí mismo a su suerte, pero al final conseguí que saliese. La imagen aún la tengo grabada en mi retina, y desde entonces me he negado a verle nunca más.

 

Tiempo después, nos hallábamos en Europa, en un castillo en Alemania poseído por el secreto grupo Hijos del Reich. Fue allí cuando, viendo los archivos de datos de la organización, me encontré con algunas atrocidades que me reforzaron en mi voluntad de no volver a disparar nunca más, o al menos no con balas letales. Cuando llegué a casa las tiré todas y recargué todas mis armas con balas de gel.

 

Pero mi proceso autodestructivo avanzaba más. Había conocido a Nagarë, un chico que parecía completamente ajeno al mundo, y cuyo poder como shamán era grande. Se ganó mi confianza al instante cuando me entregó la navaja de Nigur y me contó que el elfo había muerto para ponerlo a salvo, encomendándomelo a mi. Lo ayudé a conocer nuestra sociedad y lo tomé bajo mi ala, pues, por primera vez desde que llegase a la ciudad, hizo que la vida valiese la pena y, cuando estaba con él, aún sentía que las cosas podían cambiar. Sin embargo, su camino se alejó de mi poco después de Alemania, pues había resuelto viajar a Inglaterra y yo no podía acompañarlo, no me atreví. Con él se fue la última cosa que podría haberme devuelto la fé en la vida.

 

Desde entonces hice más runs, y estreché mi amistad con Johnny Harris, el barman del Matrix, el bar al que solía ir, e incluso empecé a trabajar allí gratis como medio de blanqueo de dinero y para pasar tiempo con él.

 

Y entonces nos mandaron asaltar una excavación en Oriente Medio, propiedad de Aztechnology. Se trazaron los planes de asalto, que dejé en manos de mis compañeros, pero todo salió mal. Casi muero peleándome con un PAI más negro que la noche, y supe pronto que ninguno de mis compañeros había logrado escapar. Yo y el guía si que lo hicimos, y volví a Seattle cargando con el recuerdo de las muertes de todos ellos, que no había sido capaz de evitar. Especialmente, me dolía la de Stalker, al que debo admitir que había tomado aprecio.

 

Hice un par de runs después, pero ya todo daba igual, los hacía por hacer, casi mecánicamente. el último fue en las cercanías de las Navidades del 2056. Teníamos que asesinar a un ex-mafioso que iba a testificar contra la Mafia, y yo acepté. Tras llevarlo a cabo, la muerte me apretó las tuercas mucho más. Había ayudado a salvar la vida a alquien que merecía morir mucho más que quien lo había hecho...

 

Corría el 23 de Diciembre. Esa Noche Buena la pasé con Johnny Harris, e incluso logré divertirme por un rato. Sin embargo, al llegar a casa supe que todo estaba decidido. Le dejé una nota a Johnny esplicándole todo lo que iba a pasar y, a tarde del 25, me suicidé estando conectado y en el centro del Agujero Negro de Renraku. Sepherim ya no está en el mundo de los vivos, pero sigo existiendo...

 

¿La razón? Yo ya había observado que mi terminal hacía cosas raras de vez en cuando: a veces se encendía centésimas de segundo antes de que le diera al botón, otras parecía que él corregía lo que yo hacía en la Matriz de manera que salía mejor...

 

Finalmente, centésimas de segundo antes de que la bala destrozase mi cerebro, Ángel (mi Icono) me desenchufó tanto de la Matriz (para protegerme de los PAI) como del mundo real; no sólo eso, sino que mientras observaba el Icono con la base de datos de Deus (ignorante de qué era aquello) él había extraído información de allí. El caso es que lo unió todo y me dio esta vida que tengo ahora, únicamente en la Matriz. Y he de decir que no lo lamento en absoluto, la muerte no puede seguirme, ahora estoy en el lugar al que pertenecí desde que nací, aunque entonces no lo supiera.

 

Ah, y si preguntáis, ahora Ángel ya no existe. Él y yo nos hemos fundido completamente, y ahora ya sólo está Sepherim, pues también Wallace Blade ha desaparecido, muerto en su cama de un disparo en la cabeza. Claro que no os recomiendo que probéis a ver si también os pasa a vosotros; igual yo nunca he existido fuera de la Matriz y todo lo demás era falso, y vosotros palmáis por ello. De hecho, a veces lo pienso muy en serio...